Clase nocturna


Bajo la lluvia, Harry se detuvo frente al edificio que indicaba el anuncio. “Clases nocturnas de dibujo”, decía el cartel que había arrancado de una farola. Era un edificio muy viejo. Probablemente, pensó Harry, en sus primeros años fue una fábrica. Tenía aspecto de no haber sido reformado en décadas. La fachada era de ladrillo negro, brillante por la lluvia, como la piel escamosa de un gigantesco reptil que hubiera salido de un río durante la noche.

Un relámpago recortó durante un instante la silueta de la enorme mole del edificio. Durante el trueno que siguió, Harry se subió el cuello de la gabardina y subió los peldaños de la entrada.

El interior era un mestizaje entre la arquitectura de la antigua fábrica (o lo que fuera) y algunas precipitadas reformas para reconvertirlo en centro cultural. Las paredes eran de un ladrillo oscuro que le daba al entorno un aspecto rústico y áspero, pero acogedor en cierto modo. Aquí y allá se veían carteles anunciando las diversas actividades que se ofrecían en el centro.

Sacó el anuncio. Tenía los bordes algo húmedos por la lluvia. “Módulo 2 – Aula 3B”, decía. Bajo el texto, el dibujo de un pincel cuya pintura parecía salpicar el resto de la hoja.

Se internó a través del pasillo de la izquierda. Decenas de puertas cerradas. Los halógenos del techo se reflejaban en el suelo de baldosas blancas. Olía a lejía con tanta intensidad que los ojos estaban a punto de lagrimearle.

Se detuvo frente a la puerta de la 3B.

De pronto fue consciente de lo frías que tenía las manos. Al agarrar el picaporte notó que estaba incluso más frío. No tenía ni la menor idea de lo que encontraría al otro lado. ¿Realmente había gente interesada en un curso nocturno de dibujo? ¿Qué tipo de gente? Bueno, en cualquier caso, gente como él, pensó.

Llamó dos veces y giró el pomo. La puerta se deslizó con suavidad.

El profesor sonrió y con un gesto lo invitó a sentarse. Sus abultadas cejas rebosaban sobre sus gafitas como dos ratones muertos. Aparte de Harry, había otros dos alumnos. Un chico que tenía la cabeza apoyada sobre una mano. Dormido o cerca de estarlo. Y una chica pálida como las baldosas, que le lanzó una inquieta mirada cuando pasó por su lado.

—Como veis —decía el profesor—, de este modo resulta mucho más sencillo. Voy pasando el lápiz en torno a la forma tridimensional. En lugar de dibujar el contorno, creo el contorno.

Harry se sentó unas mesas por delante de la chica y algunas por detrás del que dormitaba. Sacó un cuaderno abarquillado por la lluvia y comenzó a tomar notas.

El profesor había dibujado una figura humana. Un hombre desnudo esbozado con trazos ágiles y expertos. ¿Por qué parecía estar congelado en un rictus de dolor? Era como si estuviera retorciéndose en un estertor de angustia. ¿Tal vez era un modo de mostrar con mayor claridad su anatomía?

En aquel momento dibujaba una curva alrededor del brazo con un enorme lápiz de color sanguina. Ejecutaba el trazo de tal modo que parecía dar la vuelta completa, aunque el brazo sólo existiera en dos dimensiones.

Harry hizo un rápido garabato en su cuaderno intentando capturar aquella técnica.

—¿Se encuentra bien, señorita? —dijo el profesor.

Harry se giró y comprobó que la chica lanzaba rápidas miradas a la puerta. Unos cercos violáceos enmarcaban sus ojos. Apretaba tanto el bolígrafo que sus nudillos parecían a punto de rasgar la piel.

—Puede salir a refrescarse, si lo desea.

La chica se levantó y caminó hacia la puerta. Avanzaba ligeramente encorvada, como si intentase sujetar el contenido de su estómago. El chirrido de sus zapatillas sobre las baldosas se alejó por el pasillo.

—Bien, sigamos. Si ahora hago un corte imaginario en la pierna —trazó un par de curvas paralelas sobre la pierna retorcida de su dibujo—. Podemos apreciar con mucha mayor claridad su forma tridimensional. Incluso podría situar la sección del fémur justo en el centro —dibujó un pequeño círculo. Sus ojos destellaban bajo la luz pálida de los halógenos. Sacó el móvil y lo observó—. Si me disculpáis, tengo que salir un momento. Será sólo un minuto.

Cuando salió, Harry quedó solo con el otro chico. Se preguntó por qué se habría molestado en venir a la clase nocturna tan sólo para quedarse dormido en su sitio. Tal vez debía despertarlo.

El chico comenzó a moverse. Aunque casi enseguida Harry comprendió que se trataba del peso de su cabeza arrastrando el brazo sobre el pupitre. Cuando el codo llegó hasta el borde, el chico se desplomó sobre la mesa. Su cabeza resonó contra la madera produciendo un estruendo seco y breve, moldeado por la caja de resonancia de la cajonera. No se despertó. A Harry le pareció que su pecho no se movía ni lo más mínimo para respirar. ¿Y acaso la oreja que asomaba entre la mata de pelo negro no estaba pálida como la cera?

Harry se incorporó, dispuesto a sacudirlo, o a darle una bofetada si era necesario.

—Disculpen el retraso —dijo el profesor entrando en la clase y cerrando la puerta tras de sí—. Me he demorado algo más de lo que esperaba.

Harry se ajustó los pantalones y volvió a sentarse.

—Con la anatomía de los dedos pasa algo muy característico —el lápiz susurraba sobre el papel de estraza, mientras el profesor lo deslizaba con estudiado descuido—. Las falanges parecen tomar la estructura de una secuencia de escalones descendentes.

Lo que fuera que estaba dibujando, pensó Harry, no era un dedo. Al menos no se parecía a ninguno que él hubiera visto en su vida. Era más bien como… ¿un cuchillo de carnicero? Tal vez sólo estuviera sugestionado por la hora intempestiva y los espejismos que su agotada mente comenzaba a inventar allá donde mirase.

En la manga del profesor había algo. Una mancha de un color rojo oscuro. Estaba bastante seguro de que antes no estaba ahí. O tal vez sí lo estuviera, pero sólo ahora se había fijado, en aquel estado de hiperatención que si no detenía pronto lo acabaría volviendo loco.

Sí, eso era. Una mancha de pintura reseca que podía llevar ahí semanas. Se dijo.

Junto al dedo cuchillo, el profesor dibujó una cabeza. Trazó el contorno del cuello de un modo irregular, como si hubiera sido seccionada. Los ojos estaban vueltos hacia dentro, y la boca se había detenido en una mueca de dolor.

Aunque todo iba bien (como insistía en recordarse, a modo de mantra, para tal vez así lograr que se convirtiera en realidad), Harry aprovechó un instante en el que el profesor estaba de espaldas para lanzar el lápiz lo más cerca que se atrevió del lugar en el que dormitaba el otro chico.

La madera repicó sobre las baldosas y rodó hasta detenerse a medio metro del muchacho. Harry caminó hacia allí, consciente de que el profesor lo observaba ahora, mientras continuaba su explicación acerca de cómo se superponían los músculos del cuello.

Cuando se agachó para recoger el lápiz lanzó un rápido vistazo hacia arriba, del modo más disimulado que supo. La cara del chico estaba oculta por su propio pelo negro y rizado. Sólo la punta de su nariz asomaba a través de aquella mata grasienta. Estaba tan pálida como las orejas. La mano colgaba lánguida a un lado. Era la mano de una escultura de mármol.

Harry se incorporó apoyándose en el respaldo de la silla en la que estaba el chaval, y  mientras lo hacía aprovechó para clavar el lápiz en su espalda a través de la camisa. Estaba afilado, y apretó con suficiente fuerza como para traspasar la piel. Sin embargo no se inmutó. Harry regresó a su asiento.

—¿Todo en orden, amigo? —dijo el profesor— Lo noto algo disperso.

—Todo bien.

—Como decía, la mandíbula nace justo aquí —se llevó un dedo detrás del lóbulo de la oreja. Y caminó hacia la puerta—. Después baja unos centímetros y continúa hasta el mentón.

Al llegar a la puerta la cerró. Echó la llave y se la guardó en el bolsillo de la bata. Regresó junto al papel de estraza y continuó esbozando músculos y tendones.

—¿Qué se supone que está haciendo? —dijo Harry con una voz menos firme de lo que le habría gustado.

—¿Disculpe? —el lápiz color sanguina congelado sobre la curvatura de un labio.

—Acaba de cerrar la puerta con llave.

—Ah eso. Siento no haberme explicado. Verá, soy muy sensible con el ruido. Digamos que me desconcentra. Y cuando hay corriente la dichosa puerta se pone a temblar. Me saca de quicio —un hilo de saliva brillaba en la comisura de su boca. Como un trazo plateado que intentara continuar la explicación interrumpida—. La única forma de lograr que se esté quieta es echando el cierre. Si se encuentra incómodo, la vuelvo a abrir. Aunque es posible que acabe viéndome perder el juicio —rió.

—Creo que a ese chico le pasa algo.

El profesor miró a Harry en silencio. Parecía importunado.

—Si no le interesa lo que estoy contando no entiendo por qué se ha molestado en…

—¡Pero mírelo! ¡No se mueve ni un milímetro!

—Amigo. ¿Ha bebido usted? Esta es una clase seria.

—¿Sabe lo que voy a hacer? Voy a llamar ahora mismo a la policía.

Marcó el número y comprobó que no recibía señal.

—Este edificio es muy viejo —dijo el profesor—. No sé con qué construirían los muros, pero no hay cobertura en casi ningún sitio de la zona central. Tal vez sea por el hecho de que los muros sean gruesos como camiones —cuando rió, el hilo plateado de saliva se estremeció al ritmo que marcaba su pecho.

—Abra.

El profesor lo observó con ternura, como si mirase a un niño que da sus primeros traspiés mientras intenta aprender a andar.

—Por supuesto —dijo. Caminó hacia la puerta agitando el manojo de llaves. Silbaba una tonada que Harry no supo reconocer. El cierre cedió con un clic—. Vuelva cuando quiera.

Harry salió, sin perder de vista a aquel tipo. Sintió cómo el frescor de la corriente le limpiaba todos aquellos oscuros pensamientos que habían estado invadiéndolo desde que había llegado. Recorrió el pasillo, de regreso a aquel mundo que ahora parecía tan lejano.

Miró por encima del hombro. El profesor ya no estaba.

Fue entonces cuando se fue la luz.

La oscuridad era casi absoluta, así que avanzó palpando la pared con las manos mientras el corazón le golpeaba en el pecho con furia.

Le pareció escuchar una respiración a su espalda. Luego un roce.

—¿Hay alguien ahí? —su voz surgió en un hilo débil que apenas pudo escuchar él mismo.

Cuando logró alcanzar la bifurcación pudo ver la claridad procedente de la entrada al edificio derramándose sobre las baldosas a unos cien metros. Tan cerca. Y sin embargo tan lejos como la constelación de Andrómeda.

Corrió.

Ya podía ver los carteles de la entrada. Incluso llegó a ver a través del cristal de la puerta los coches aparcados, antes de escurrirse y caer de espaldas. Cuando su cabeza golpeó el suelo emitió un sonido parecido al que unos minutos antes había producido aquel chico al derrumbarse sobre el pupitre. A través del dolor que inundaba su conciencia vio el charco oscuro en el que había resbalado. La cabeza de la chica yacía junto al charco. En su rostro había una expresión congelada de angustia.

Mientras Harry intentaba levantarse, el brillo de un cuchillo descendió sobre él.

Lo último que vio fueron los faros de un coche destellando sobre aquel hilo plateado que aún colgaba de la comisura del profesor.

El ronroneo del motor se alejó, hasta que todo quedó en silencio.



Este relato pertenece a la colección Hora muerta (y otros cuentos de terror).

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