La cabaña



Hacía al menos tres horas que Leonard no tenía ni la menor idea de por dónde se regresaba al pueblo. La noche había caído y el bosque era cada vez más espeso y oscuro. Además, empezaba a hacer frío y no había comido nada desde que aquella mañana dio el último bocado al queso que había traído para el viaje. Se había confiado. Se aseguró de que el pueblo quedaba a su espalda y echó a andar. Pero por lo que él sabía, en esos momentos el pueblo bien podría estar justo frente a él.

Las piernas le dolían y los brazos le escocían por el roce de las espinas de las zarzas que en más de una ocasión había tenido que apartar para poder continuar avanzando. Tal vez lo mejor en esas circunstancias fuera echarse en el lecho de hojas e intentar dormir, o al menos aguardar al amanecer. El problema era que no estaba seguro de que pudiera sobrevivir.

Así que continuó vagando a través de la penumbra, acompañado tan sólo por el coro de alimañas que a esas horas salían a alimentarse. Las rodillas se le doblaron. Cayó sobre las manos y lloró.

Al levantar la cabeza, a través del reguero ondulante de las lágrimas, vio la cabaña.

Estaba en un pequeño claro, regada por la pálida luz de la luna menguante.

Aún inseguro acerca de si se trataba de una alucinación provocada por la inanición y el cansancio, Leonard fue hacia allí arrastrando los pies sobre las hojas muertas y el barro. Tenía una puerta de madera gruesa con una aldaba en forma de mano. Llamó tres veces.

Tras unos instantes en los que no se escuchó nada, algo se deslizó al otro lado. Tela sobre tela, y unos pasos. Una rejilla se abrió en la puerta y unos ojos lo escrutaron. Leonard intentó adoptar la expresión más lastimera de que fue capaz, aunque la verdad fue que no le costó demasiado esfuerzo. La puerta se abrió y una anciana lo miró desde el umbral. Iba abrigada con una mantilla de lana negra. El pelo gris lo llevaba suelto sobre los hombros. Su piel pálida estaba salpicada de rosetones que le daban un aspecto saludable.

—Pasa, hijo, pasa.

Lo agarró de la pechera y tiró de él con una fuerza sorprendente. Aunque Leonard supuso que en su estado actual no haría falta demasiada para poder arrastrarlo.

Al entrar en la cabaña agradeció el calor que lo envolvió. Al fondo de la estancia bailaba un gran fuego en la chimenea de piedra. Sobre él borboteaba un gran perol negro. Inundaba la estancia con un aroma delicioso.

—Siéntate, te traeré algo de comer.

Leonard se acomodó en una silla frente al fuego y se envolvió en la manta que le echó la anciana sobre los hombros. Poco después le trajo un trozo de pastel que Leonard devoró en tres bocados. Cuando dio cuenta de la jarra de vino especiado se sintió una persona nueva. Soltó un largo suspiro y por fin tuvo fuerzas para hablar.

—Gracias. Habría muerto ahí fuera de no ser por usted.

—No hay de qué darlas. Esta zona del bosque es muy peligrosa. Casi nadie pasa nunca por aquí —decía mientras retiraba el plato y la jarra.

—Me desorienté.

—Y que lo digas. El pueblo más cercano está a casi cien millas.

¿Cien millas? Eso es imposible, pensó Leonard. Sólo he estado caminando un día. Por muy rápido que…

—Aquí la vida es muy tranquila —dijo la anciana—. No tengo más preocupaciones que dar de comer a mis gallinas y tejer una buena manta para el invierno.

Ya con más fuerzas, Leonard se permitió echar un vistazo alrededor. La cabaña constaba de una única habitación. Aparte de la chimenea había un estrecho camastro en un rincón, una mesita atestada de botellas, una estantería llena de libros cuarteados y abarquillados por la humedad. En la pared, la cabeza de un lobo que enseñaba los dientes. En el centro de la estancia, una enorme piel de oso hacía de alfombra. Junto a la chimenea, una gran pila de leña.

—Tiene usted una bonita cabaña.

—Gracias, hijo. Hago lo posible por mantenerla acogedora. Aunque casi nunca venga nadie por aquí. Pero al fin y al cabo, aquí es donde paso casi todo el tiempo.

—¿Qué está cocinando?

—Un cervatillo. Estaba herido. Algún cazador le había dado un flechazo y el pobre había llegado hasta aquí, cojeando y trastabillando. Creo que mis especias lo honrarán mucho más que los dientes de los lobos y los picos de los cuervos.

—Ha dicho que el pueblo más cercano está a cientos de millas. Pero eso no puede ser. Tan sólo he caminado durante un día. Por muy rápido que corriera me habría sido imposible alcanzar tal distancia.

—Bueno, a veces la sed, la desorientación y el pánico pueden hacer perder el sentido del tiempo. Seguramente hayas caminado mucho más de lo que recuerdas.

Leonard asintió despacio, con la mirada perdida en las llamas que lamían las piedras de la chimenea.

—Le agradezco la tarta, el vino y la compañía —dijo, levantándose—. Pero en el pueblo empezarán a estar preocupados.

—Pero si acabas de llegar. Si te vas ahora, lo único que conseguirás es perderte otra vez, y puede que a la próxima ya no tengas tanta suerte. Escucha. Por la mañana pasará el leñador a traerme otra remesa de leña. Con eso —señaló el montón que había junto a la chimenea— no tengo ni para empezar el invierno. Cuando venga, estoy segura de que no le importará que vuelvas con él al pueblo.

A Leonard la cabeza le daba vueltas. Asintió.

—¿Cómo se llama usted?

La anciana lo observó. Por un momento sus ojos parecieron perderse en algún lejano lugar que sólo ella podía ver.

—Edna —pronunció su nombre con un sonido gutural que sobresaltó a Leonard. Edna disimuló con un carraspeo—. Es el frío que está al llegar. A veces me agrava la voz.

Leonard sintió una corriente helada que entró por algún resquicio y que lo envolvió por un momento con una caricia gélida.

—Tiene que cuidarse —dijo—. Si enfermase aquí, tan lejos de todo el mundo…

—Tienes razón, hijo. ¿Por qué no te echas un poco? Tengo que salir un momento a echar un ojo a las gallinas.

Y Edna salió dando un portazo. Leonard permaneció allí inmóvil, sin saber muy bien qué hacer. Desde que había llegado le habían surgido varias preguntas que no se había atrevido a formular, y ahora bullían en su mente como en un caldero sobre el fuego. A través de una rendija en las cortinas vio que Edna entraba en un pequeño cobertizo que había tras la cabaña. La anciana levantó el pesado cerrojo y abrió el portalón de madera ajada. Leonard apenas pudo distinguir nada en la penumbra. Sólo la figura de Edna moviéndose allí dentro, primero a la izquierda, luego a la derecha. Y ¿qué más había allí? ¿Qué eran esas formas? ¿Acaso no eran…? No, no, imposible. Leonard se apretó los ojos, consciente de que el viaje le había afectado más de lo que pensaba. Sin embargo, al levantar la vista de nuevo, sus ojos se posaron sobre la enorme cazuela que borboteaba sobre el fuego. Y supo lo que debía hacer.

Aunque no le apeteciera ni lo más mínimo.

Cuando se levantó de la silla y dio los tres pasos que lo separaban de la cazuela, aún se convencía mentalmente de que iba a abrirla para oler más de cerca el guiso. Pero en el fondo sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Cogió un trapo y agarró el asidero de la tapa. Cogió aire y la levantó. Desde el interior de la cazuela, un niño raquítico lo observaba con sus enormes ojos medio derretidos en mitad de un rostro pálido como una vela en el que varios jirones de piel habían comenzado a desprenderse.

Escuchó los pasos que llegaban al otro lado de la puerta. Cerró la tapa y se sentó, intentando adoptar la misma posición aletargada de unos momentos antes.

—Ya se empieza a notar —dijo Edna, cerrando la puerta tras de sí—. El frío cada vez llega antes. Vaya, estás muy pálido. Acércate un poco más al fuego.

—No, estoy bien. Es sólo que tengo que coger más fuerzas, sólo eso.

Mientras lo decía examinó su alrededor con discreción en busca de cualquier cosa que pudiera utilizar como arma. Estaba calculando cuánto tardaría en recorrer la distancia que lo separaba del atizador cuando casi se le detuvo el corazón. Había dejado el trapo en el asidero de la tapa.

Se obligó a mirar hacia otro sitio. Y encontró los dientes de la cabeza del lobo, que desde la pared observaba acechante la escena.

—La luz del fuego siempre parece invitar a las historias —dijo Edna mientras se quitaba la mantilla de lana—. Supongo que habrás escuchado las que se cuentan sobre este lugar. El bosque.

—Todo el mundo ha escuchado historias. Sobre todo los niños.

Edna rió.

—Es cierto —dijo—. Por algún motivo, a la gente os encanta asustar a los niños.

Leonard sentía un grito anudado en su garganta. Luchó por que no se desatara.

Edna atizó el fuego con un par de estudiados golpes que hicieron saltar varias chispas que danzaron en alocadas espirales. Entonces observó la cazuela y se detuvo en seco. Leonard sintió que la boca se le secaba por completo. Tras unos instantes Edna abrió la tapa, removió el contenido y volvió a cerrarla.

—¿Y cuáles son esas historias? —dijo sin volverse— ¿Conoces tú alguna?

Leonard abrió la boca pero no fue capaz de pronunciar ninguna palabra. Apenas pudo emitir una especie de interjección ininteligible.

Cuando la anciana comenzó a despojarse de su disfraz de carne, Leonard sintió que se le aflojaban las entrañas.



Este relato pertenece a la colección Hora muerta (y otros cuentos de terror).

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