Cenizas de Astarca (Crónicas de Astarca, libro 1) - Capítulo 1




Ya está cerca, pensó Garian. Casi puedo olerlo.

Sin embargo no aparecía.

Todos contenían la respiración. Hasta ahora siempre había llegado a la misma hora, ¿qué estaba pasando?

Garian se aventuró a asomarse a través de la estrecha ventana de la torre en ruinas. En la negrura de la noche, apenas pudo ver los campos negros y cubiertos de ceniza. El resplandor plateado de una hoja que se movía. Y nada más.

¿Qué se suponía que estaba pasando?

Sintió una mano en el hombro. Al volverse, encontró la mirada vidriosa del pequeño Citer. Su mano temblaba, suplicándole a través del peto de cuero. Garian no supo qué contarle ni cómo tranquilizarlo, así que se limitó a girarse de nuevo, y a contemplar los campos bajo la noche. Bajo aquella anómala noche.

El suelo tembló bajo sus pies. Se escucharon varios gemidos de sorpresa. El aire contenido liberado por el miedo. Las llamas de las antorchas se estremecieron, y las sombras de los que se agazapaban en la torre en ruinas bailaron sobre las rocas húmedas una danza de terror e incertidumbre.

Sin embargo pasaron los minutos y las horas, y después de aquel estremecimiento, nada más sucedió aquella noche.

Cuando el cielo se había tornado de un azul profundo, aún casi negro, comenzaron a abandonar la torre, y recorrieron en silencio el camino de vuelta hacia Ciudad Topacio. Algunos aún levantaban miradas suspicaces a su alrededor, esperando que en cualquier momento pudiera revelarse aquello que más temían. Sin embargo, cuando los primeros rayos del sol asomaron sobre las lejanas Montañas de Plata, ya podían ver los muros de la ciudad en ruinas. Y aunque los ánimos se habían recobrado, al menos un poco, aquella incertidumbre, aquel desasosiego, resultaba de algún modo aún peor. No comprender no era bueno. No comprender, aquellos días, podía significar la diferencia entre vivir o morir. Por eso nadie dijo nada durante el camino de vuelta, ni tampoco mientras cada uno se retiraba a su morada.

Un nuevo día, pensaba Garian, acariciándose la enorme cicatriz de su brazo. En cierto modo, la cicatriz casi parecía sonreír, reflejando aquellos primeros tímidos rayos de luz. Recordaba cómo le había dolido. Lo recordaba muy bien. Cómo las garras del Feralodón se le hincaban en la carne y comenzaban a arrastrar, tirando, llevándose por delante nervios y tendones, mientras el mundo a su alrededor parecía destellar con una nueva luz que nunca habría imaginado posible.

—¡Quieres o no!

Céfiro lo observaba desde el umbral de la puerta sujetando un par de jarras enormes. Garian tendió una mano. Sí. Claro que quería.

Daba la impresión de que sobre los hombros de Céfiro podía soportarse una montaña entera, y a veces Garian sentía ganas de cederle todo el peso de aquella locura y olvidarse, alegando cualquier excusa. Céfiro era tan ancho que tenía que colocarse ligeramente ladeado para poder entrar por la mayoría de las puertas. Sus ojos de un azul muy claro siempre estaban enrojecidos, como si le emocionase algún oscuro secreto que sólo él conociera. Las jarras en sus manos parecían tazas de té.

—No podemos quedarnos otra noche aquí —dijo Céfiro con voz de trueno. En la chimenea, un tronco crujió, y una lluvia de chispas ascendió hasta desaparecer por el hueco—. Sería demasiado arriesgado.

—Lo sé —lo sabía muy bien, pero evitaba pensar en ello—. ¿Alguna noticia de Gael?

Céfiro negó con la cabeza, sombrío, perdiendo sus ojos enrojecidos en el vino que se había reducido hasta la mitad con su primer trago.

—Tal vez podamos arriesgarnos y esperar un poco más —dijo Garian.

Céfiro lo miró. Sabía tan bien como Garian que aquello no tenía sentido. También comprendía por qué acababa de decir aquello aunque no creyera ni remotamente que fueran a hacer algo así. Así que se limitó a observarlo un instante antes de apurar su jarra con otro titánico trago. Se levantó.

—Iré preparando a la gente —dijo.

Cuando Céfiro salió, Garian echó la vista atrás y observó su montaña de recuerdos bajo la luz cambiante de las llamas. Objetos de un mundo muy diferente, antes de que la ciudad fuera aniquilada. Antes de que apenas quedaran los esqueletos de los ruinosos edificios. Antes de que el mundo se convirtiera en un cascarón cubierto de ceniza. “Nunca debieron fabricar los dados”, decían algunos. “Fue demasiado para el rey”. “El monstruo que ahora asola el mundo es la consecuencia”, decían otros. Muchos hablaban sólo de oídas. Otros cogían las palabras que escuchaban de refilón y las transformaban en una historia que tuviera sentido, intentando encajar las piezas de todo aquel caos.

Entre aquella montaña de objetos de todo tipo que Garian había ido acumulando había muchas cosas inservibles, y él lo sabía. Pero sin embargo había decidido guardarlas. Eran como un ancla con su vida anterior. Una forma de decirse que nada había cambiado. Pero sabía que pronto tendría que separarse de todo aquello, y sería como cortar definitivamente con el mundo tal y como lo conocía. Y ahora por fin se acercaba el momento. Ahora era oficial. Estaban a punto de abandonar Ciudad Topacio para siempre.

Cuando todo empezó no parecía más que otro oscuro rumor. Otra de aquellas historias para asustar a los niños. Sin embargo, cuando los primeros cadáveres de ganado habían comenzado a aparecer, las miradas condescendientes se convirtieron en dudas, y por último no quedó más remedio que admitir lo que estaba sucediendo.

Garian pasaba los ojos sobre todos aquellos objetos, decidiendo inconscientemente qué se llevaría con él y qué dejaría allí. Herramientas, ropa, algunos libros. Había recopilado todo aquello en sus exploraciones a través de las ruinas de la ciudad. En cuanto podía, le gustaba internarse entre las ruinas de aquel mundo pasado y hurgar entre sus restos, y de cuando en cuando conseguía cosas interesantes. Le gustaba entrar casa por casa sin saber qué le aguardaría en su interior. Y había dejado para el final el lugar más prometedor. Las ruinas del castillo permanecían aún inexploradas.

Observó el hacha de Céfiro, apoyada en un rincón. En la empuñadura aún se apreciaban algunos costrones de la sangre seca de algún pobre diablo que lo hubiera incomodado, tal vez en algún oscuro callejón de los que serpenteaban entre el barrio de las tabernas, ahora completamente impenetrable por los escombros.

Céfiro había sido un pendenciero. Tal vez. Eso era lo que decían. Él siempre decía que sólo se había defendido. Bueno, quizá a veces se le hubiera ido un poco la mano. Con el vino y con el hacha. En cualquier caso ahora nada de eso tenía sentido. Habían intentado recuperar aquel lugar y había resultado un esfuerzo inútil. El Feralodón no había aparecido aquella noche. Sin embargo, de algún modo, aquello resultaba mucho más ominoso que su presencia. Como un último aviso. Y tanto él como Céfiro habían aprendido a apreciar ese tipo de sutilezas.

Lo habían aprendido muy bien.

En una ocasión Céfiro le había contado cómo echaba de menos su antigua vida. Bueno, cualquiera la echaría de menos dadas las circunstancias, claro. Pero él recordaba con cariño el olor a humo de las tabernas, el vino abrasándole la garganta y nublándole el juicio. La ocasional trifulca en un callejón.

Miraba el filo del arma, en el que casi creyó ver el reflejo del monstruo, aún muy claro en su recuerdo. Y recordó cuando Céfiro lo arrancó de las garras del monstruo, de modo que de aquel episodio pudiera salir con aquella larga cicatriz pálida que le recorría el brazo, pero con la cabeza aún sobre los hombros.

Lo poco de historia que sabía Garian lo había aprendido en los libros que había encontrado explorando las casas abandonadas. Así fue cómo, por ejemplo, se enteró de que los llamados Unari, también conocidos como Guardianes Primordiales, habían elaborado unos dados tan poderosos que podían cambiar el curso incluso del propio tiempo. Esos dados podían recoger los fragmentos de magia que en cada momento flotan a nuestro alrededor, y canalizarlos en poderosos encantamientos capaces de cambiar el curso de la historia. Y se los entregaron al rey Magriel. Garian había deducido el resto a través de los rumores que había escuchado antes y después del Gran Cataclismo. Al parecer, al principio Magriel hizo buen uso de ellos, gobernando con rectitud, utilizándolos sólo cuando era necesario. Pero poco a poco fue corrompiéndose, y comenzó a tomar decisiones cada vez más retorcidas. Finalmente aquello culminó con el rey desencadenando aquel cataclismo, la aparición del Feralodón y otros seres oscuros, y la destrucción de la civilización tal y como se conocía. Una civilización que los pocos supervivientes intentaban recuperar desde las cenizas.

Y lo de las cenizas no es una metáfora. El mundo continuaba cubierto por una capa de ceniza, recuerdo de aquel incidente. Cuando unas personas decidían instalarse en algún lugar, o intentaban cultivar en aquella tierra árida y gris, tenían que retirar primero la ceniza, y repetir la operación casi a diario, cuando el viento volvía a arrastrarla de nuevo. Así que la mayoría había optado por una vida nómada.

Garian, a partir de los restos y recuerdos que iba hallando, se esforzaba por mantener viva la memoria de aquel mundo, para asegurarse de que no se perdiera en la corriente del tiempo, y para tal vez algún día poder recuperar todo aquello. Aunque desde luego no tenía ni la menor idea de cómo lograrlo. No era fácil, cuando al salir al exterior tenías que caminar sobre esa capa de ceniza, y al caer la noche escuchabas a lo lejos el estruendo del rugido del Feralodón. O cuando caminabas entre las ruinas de lo que una vez fuera el mundo, que ahora no era más que un montón de escombros.

Decidió dedicar aquella mañana a registrar los últimos rincones que le quedaban por explorar de aquella ciudad. Tal vez nunca más pudiera tener la oportunidad de hacerlo. Sobre todo cuando lo que le quedaba por explorar eran las ruinas del castillo del rey Magriel. Quién sabía qué clase de tesoros lo aguardarían allí dentro. Mientras recargaba el aceite de la lámpara y se aseguraba el arco a la espalda, intentó imaginar lo que podría haber allí, esperándolo en la penumbra de las ruinas.

Garian se aventuró a través de las calles desiertas y silenciosas de Ciudad Topacio, caminando sobre las cenizas, que se arremolinaban a su alrededor a cada paso. Las nubes habían cubierto de nuevo aquel mundo gris y desolado, y en ese momento había poca diferencia respecto a la luz nocturna. Garian levantaba la lámpara frente a él, y la luz anaranjada danzaba a cada paso. Un trueno detonó en lo alto y la lluvia comenzó a caer. Gruesos goterones que abrían agujeros en la ceniza, como si fueran piedras arrojadas por algún gigante.

Llegó frente al castillo. Las torres derruidas, los muros cubiertos de musgo, llenos de grietas. Varios árboles habían comenzado a crecer entre los escombros. Sin embargo, a pesar del destrozo que el cataclismo había causado, de algún modo el castillo aún conservaba un cierto aire de esplendor que lograba transmitir la majestuosidad y esplendor del reino de Magriel. Una arquitectura orgullosa, de altas columnas y muros recargados de adornos, relieves, estatuas de héroes. Observándolas, Garian pensó en lo mucho que necesitaba el mundo en ese momento uno de aquellos héroes.

Escaló sobre una montaña de escombros y atravesó una puerta desvencijada que colgaba de uno de sus goznes. Al otro lado, un pasillo en el que apenas lograba entrar un hilo de aquella luz pálida y enfermiza que bañaba Astarca.

Atravesando las ruinas, rescató un par de viejos objetos del viejo mundo que le llamaron la atención. Si algo había aprendido en sus incursiones era que una nunca podía estar seguro acerca de qué podría resultar de utilidad. Muchas de las cosas que encontraba ni siquiera sabía para qué servían, pero sin embargo podían terminar resultando muy útiles. Eso era al menos lo que se decía para justificar que tras cada una de sus exploraciones regresara con un saco lleno de objetos que en la mayoría de ocasiones eran arrojados al montón, para nunca volver a mirarlos. En más de una ocasión había intentado obligarse a pasar de largo frente a alguna baratija inútil. Pero siempre encontraba alguna excusa para recogerla de todos modos. Céfiro le había dicho que le preocupaba aquel comportamiento y que un día iba a prenderle fuego a aquella montaña de trastos inútiles.

Entre toda aquella basura, lo que más útil les habían resultado habían sido los libros. Allí había explicaciones, relatos, todo tipo de información práctica que tal vez resultara relevante o tal vez no. Por ejemplo los libros que hablaban de contabilidad y otras cosas que tal vez fueran relevantes en el mundo anterior al Gran Cataclismo, Garian los desechaba casi al instante. Sin embargo, los libros de mapas, o los que hablaban de la mejor forma de conservar la carne, esos incluso Céfiro se aseguraba de tenerlos a buen recaudo.

Garian atravesó la sala del trono. El techo se había derrumbado sobre el trono, que había quedado oculto bajo los escombros. Continuó explorando a través de los pasillos y las ruinas. Intentaba recoger sólo aquello de cuya utilidad estuviera seguro. Sin embargo, tras los primeros esfuerzos, pronto se encontró añadiendo al saco una lámpara rota, una vasija resquebrajada, un cuadro que representaba a un solado apoyado sobre su espada, un frasco en el que aún se conservaba un líquido de dudoso aspecto.

Y así, arrastrando tras él aquel saco cada vez más pesado, fue como finalmente llegó al patio interior del castillo. Allí aún se apreciaba el intrincado diseño de un jardín que ahora había comenzado a ser devorado por la maleza. Se sentó a descansar en un banco de piedra resquebrajada. Y fue al dejar la lámpara en el banco junto a él cuando vio algo entre la maleza. Algo asomaba allí bajo un cúmulo de malas hierbas y ramas secas que habían comenzado a cubrir las baldosas de la zona central del jardín. Bajo la lluvia que arreciaba, resguardándose bajo su capa, Garian caminó hacia allí. Retiró la maleza sintiendo cómo las ramas secas le arañaban las manos. Y descubrió un libro. Su cubierta de cuero estaba algo ajada y agrietada. Las páginas se adivinaban abarquilladas por la humedad. Lo cogió y se refugió en el interior del castillo. Fuera, la tormenta se intensificó. El graznido de un cuervo se alzó sobre el estruendo de la lluvia sobre las hojas, las baldosas, y las ruinas. Un perro contestó en algún lugar de la ciudad muerta.

El libro tenía una cuerda a su alrededor. Y sujeta por la cuerda, contra la contracubierta, había una cajita de madera de nogal, adornada con unos sencillos relieves de motivos florales. Garian desató la cuerda, y se dispuso a abrir la caja. Sin embargo, en el último instante lo reconsideró. Decidió primero asegurarse de qué se trataba aquello. Por su experiencia explorando ruinas, sabía que no siempre era buena idea saciar la curiosidad. Al menos al instante, de forma impulsiva e irracional.

Abrió el libro. La cubierta crujió.

El destello del acero, por Ronan de Tolvar. Observó el título, la letra elegante, recargada de adornos. Al ver la fecha que ponía bajo el título se quedó petrificado. Año de mil quinientos cuarenta, Reino de Nirvenia.

Para esa fecha aún faltaban más de quinientos años. Comprobó de nuevo las letras, una tras otra, las letras que indicaban aquella fecha imposible. Pero no había duda. Sacó la pelliza y apuró el último trago.

Pasó la página y comenzó a leer:

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